Sabrosa pero venenosa queja

 

Hoy quiero hablar directamente a la queja. Una compañera de vida que muchas veces está presente para aliviarnos de lo indeseable. ¡Qué asco de vida! ¡Qué asco de gente! Cierto es que en mi labor profesional en el campo de la intervención social observo como la vida ha causado grandes estragos a las personas que allí atiendo. Vidas rotas con multitud de pérdidas. Pérdida del trabajo, pérdida de amigos, de familia, de sus pertenencias, de alojamiento. La vida de la persona sin hogar es una vida de pérdidas. Es mucho más complicado así admitir que la vida es agradable. Sin embargo, a pesar de las duras circunstancias, sigo observando que la queja tiene una utilidad muy efímera, incluso en circunstancias extremas.

 

Y es que hay quejas y quejas. Quejas constructivas y quejas destructivas. Querida queja que me sirves para demandar al mundo que cambie. Potente queja que puede hacer que los demás atiendan a mis justas necesidades. Quejas emitidas a las personas adecuadas, en los momentos adecuados y de la forma adecuada. Esta queja es la queja útil. La demanda asertiva de mis derechos. La solicitud amable de mis deseos. Como venimos advirtiendo en estos escritos, a priori no existe lo bueno ni lo malo. Nada es per se malo ni bueno. La queja tampoco. Saber demandar al que tenemos en frente lo que consideramos justo de forma que aumente la probabilidad de que tal persona atienda a nuestras necesidades es un arte. Como artesanos de nuestro propio comportamiento podemos entrenarnos, probarnos y esforzarnos por emitir comunicaciones asertivas. Se trata de comunicar al otro que consideramos una situación, ajena a nuestro control pero bajo el control de la personas con la que estamos hablando, como injusta. Sin embargo muchas veces nos quejamos del comportamiento de otros cuando ese comportamiento no depende tampoco de la voluntad del otro. O nos quejamos del comportamiento de otros con ira y malos modos. Otras veces etiquetamos el comportamiento que no nos gusta (por ejemplo, que mi pareja no recoja el lavavajillas) como algo que define todo el ser de dicha persona (¡eres un vago!). Para conseguir que los demás atiendan a nuestras necesidades, la queja debe ser una queja sabia y saludable. Entonces deja de ser queja y se convierte en una demanda asertiva, en una critica constructiva o en una solicitud amable.

 

Sin embargo también existe la queja destructiva. Refunfuñar guturalmente, enfadarnos explosivamente, gritar desesperadamente que nuestro particular mundo no es como deseamos o como debería ser según nuestro personal juicio. Gritar al mundo entero que cambie es como pedirle a una rosa que no pinche. Un imposible. Es completamente irracional exigir que la vida no sea como es. Es completamente inútil quejarnos de ella cuando nos quejamos por imposibles. A veces, cuando nuestro esquema de pensamiento más profundo, inconsciente, cree que es catastrófico que las cosas no ocurran como tenemos planeado, de forma consciente y explícita aseguramos a los demás que nuestras quejas están justificadas. Y sentimos placer. Un placer muy difuso. Porque nuestra mente, cuando se queja, crea la ilusión transitoria de que el mundo está siendo, por unos momentos, como realmente deseamos que sea. Y de algún modo podemos instalarnos en la queja. Es decir, podemos caer en la trampa ilusoria de que a brevísimo plazo, al quejarnos, sentimos alivio. Y pensando y actuando a corto plazo, la queja sirve. Sirve para aliviar momentáneamente nuestro malestar. Y es por este mecanismo biológico y cultural por el que podemos tender a mantenernos en la queja sin apreciar el daño que a nuestra salud está infringiendo.

 

Cierto es que las circunstancias externas influyen poderosamente en nuestro bienestar personal. Pero no lo determinan. En mi trabajo con personas sin hogar observo como, en función de sus esquemas de pensamiento, hay quien se queja de la comida, hay quien se queja de su compañero de habitación y hay quien se queja de forma constante de la situación en la que está viviendo. Me gustaría ayudar a esta última persona y a todas aquellas que sin haber tenido tantas pérdidas vitales como una persona sin hogar, dadas sus particulares circunstancias actuales, no sume destructividad a su vida. Por que sean cuales sean dichas circunstancias, habrá algunas que esté en nuestras manos cambiar y otras que no. Muchas veces, cuando estamos instalados en la queja, no podemos observar esto último. Y esta dificultad para creer en la capacidad personal de todo ser humano de poder vivir dignamente, moderadamente feliz, se ha perdido precisamente por la influencia negativa de una queja irracional constante. Y es que independientemente de cómo esté configurada nuestra vida, habrá quién se deprima y habrá quien afronte las dificultades con humildad y amabilidad hacia sí mismo. Como he mencionado, tanto en el campo de la intervención social con personas sin hogar como en la consulta privada, lo que determina que una persona se sienta moderadamente feliz consigo mismo no son las circunstancias externas, sino cómo las interpreta.

 

Envenenada queja, enemiga de la salud, ¿por qué no permites que quienes te tienen estima no se den cuenta del daño que les inflinges? Te conozco bien y por eso estoy decidido a combatirte, porque no hay mejor aliado que un enemigo al que se conoce bien. Por eso, porque te conozco, quiero y puedo destruirte. Por que se, y así lo han demostrado quienes te han combatido, que ejerces una influencia perniciosa, oculta a los ojos de quien no te conoce bien. Cuando nos quejamos generamos un momentáneo espacio de paz. Ese que antes he mencionado. Cuando nos quejamos ilusionamos el mundo que queremos. Cuando nos quejamos irracionalmente, también. Ilusionamos un mundo en paz con nosotros mismos. Sin embargo, inmediatamente después, en la franja de tiempo de unos milisegundos, la queja nos recuerda una y otra vez que el mundo está mal configurado, al menos tal y como pensamos que debería estar. Y es entonces cuando su oscura influencia comienza a dañarnos. Si nos dejamos llevar por ese placer casi imperceptible que nos brinda la queja comenzamos a caer en su círculo vicioso. Empezamos a aumentar la creencia en que el mundo o las personas que nos rodean son injustos con nosotros. Que no nos merecemos esto ni aquello. La queja irracional comienza a generar una imagen de nosotros mismos desagradable. Cuando nos quejamos de esta forma y durante mucho tiempo, ya instalados en ese placer momentáneo, las personas que nos rodean comienzan a desear no escuchar nuestras lamentaciones. Claro que al principio, cuando expresamos nuestro malestar, nuestros seres queridos tienden a ayudarnos. Nos dan ánimos y buscan formas de poyarnos. Pero si continuamos quejándonos irracionalmente, les hace sentir impotentes ante esas quejas irracionales, cansados de no conseguir ayudarnos, abrumados por las emociones negativas que les estamos transmitiendo, empiezan a alejarse de nosotros. Y aumentamos nuestra creencia en que son injustos con nosotros, en que ellos tampoco nos comprenden y en que eso demuestra que tenemos más razones aún para seguir quejándonos. Pero ya no observamos el daño que hacemos a los demás con nuestras quejas constantes, ni mucho menos el daño que ya nos hemos hecho a nosotros mismos. Cada día creemos más en nuestras razones para quejarnos y cada día conseguimos menos con la queja. Ya no nos atienden ni escuchan, ya no se movilizan para ayudarnos a cambiar nuestro particular mundo. Y esto no hace más que reforzar de nuevo nuestra irracional creencia en que el mundo sigue siendo injusto.

 

Quiero que todo al que la queja haya invadido haga el esfuerzo de elevar su mirada y observar qué es lo que la queja le aporta y qué es lo que le quita. Mi deseo es que, como punto de partida para una vida más plena, independientemente de lo adverso de las circunstancias, al menos seamos capaces de identificar la queja irracional como un enemigo y no como un aliado. Porque eso es lo pernicioso de la queja irracional: hacernos creer que nos ayuda.

 

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