LA PREOCUPACIÓN…¿SIRVE DE ALGO?

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Si alguien te preguntara: ¿Qué opinas de la preocupación? ¿Crees que es bueno preocuparse? ¿Para qué sirve? Seguramente responderías, por ejemplo, que la preocupación es buena, porque ayuda a resolver los problemas, motiva para hacer las cosas, ayuda a prevenir o evitar sucesos negativos o reduce la posibilidad de que ocurran. Este tipo de respuestas las dieron un grupo de sujetos sometidos a un estudio sobre la preocupación que se realizó en el año 2004 (Dugas, Buhr, y Ladouceur).

Ahora imagina que es sábado por la noche y has quedado con tu pareja para cenar. Va a pasar a recogerte en coche a las 21 horas. Son las 21.30 y aún no ha llegado, comienzas a preocuparte porque hace unos días tuvo un pequeño accidente en la carretera, sin ninguna consecuencia. No es habitual que se retrase, además no te ha avisado…es posible que se haya vuelto a repetir el accidente, pero esta vez con alguna consecuencia porque si no te habría avisado de que iba a llegar tarde…así que tu preocupación aumenta aún más. Empiezas a sentir bastantes nervios y ansiedad… ¿habrá tenido un accidente?

Si las preguntas del principio te las hicieran ahora, ¿seguirías pensando que la preocupación ayuda a resolver el problema y evita que ocurran sucesos negativos, como por ejemplo un accidente de tráfico?

Parece que por norma general las personas vemos la preocupación como algo positivo, algo que “hay que hacer”, “tienes que preocuparte para que todo vaya bien”, pero puede que no sea tan buena ni recomendable como pensamos. La clave está en diferenciar la preocupación patológica de la adaptativa. Reflexiona un momento y piensa si habitualmente, en el trabajo, en casa, con los amigos, en tu día a día la preocupación:

  1. Te ayuda a resolver los problemas en el caso de que estos se presenten.
  2. Te ayuda a disminuir la probabilidad de que aparezcan los problemas.
  3. Te ayuda a sentirte mejor, más tranquilo/a y seguro/a.

Si tu forma de preocuparte por las cosas reúne estas condiciones estamos ante la preocupación adaptativa, es positiva y ayuda a afrontar las dificultades del día a día. Si por el contrario, no cumple estos requisitos es muy posible que además de no ayudarte a solucionar los problemas, te genere nervios, ansiedad, malestar, etcétera.

En las personas con trastorno de ansiedad aparece este tipo de preocupación y además en su mayor parte se da por cosas que tienen posibilidad de que ocurrir pero con una baja probabilidad (por ejemplo, un accidente de tráfico, caer enfermos, un despido en el trabajo sin que haya ningún motivo o indicio para pensar que puede ocurrir).

Te invito a que en los próximos días descubras que tipo de preocupación tienes habitualmente, ante qué situaciones aparece y si te ayuda o por el contrario dificulta en tu día a día.

Y por último una pequeña recomendación:

DEJA DE PREOCUPARTE Y EMPIEZA A OCUPARTE!!!

EMOCIÓN Y PENSAMIENTO. SUS 7 SECRETOS MEJOR GUARDADOS (II)

 

 

Llega la entrega de la segunda parte de “Emoción y pensamiento, sus 7 secretos mejor guardados”. En la anterior entrada desvelamos tres de estos secretos: 1) Las emociones NO están determinadas por lo que nos ocurre, sino por cómo pensamos: es el pensamiento el que mayormente determina lo que sentimos; 2) Las emociones que generan malestar NO son, en sí mismas, negativas ni desechables. Todas las emociones son válidas e importantes y; 3) SÍ somos capaces de cambiar nuestro estado emocional (si sabemos cómo…). Los siguientes cuatro secretos, sumados a estos tres, desvelan el cómo de cambiar nuestro estado de ánimo.

 

  1. Es necesario observar y nombrar las emociones que sentimos. Es FALSO que las emociones sean signo de debilidad y tengamos que ignorarlas para ser más racionales o maduros.

 

No es débil, irracional o inmaduro el que siente pena o desasosiego ni el que siente ilusión o admiración cómo un niño o una niña sentiría. No es irracional o inmaduro el que teme ser rechazado o ignorado ni aquel que se emociona cuando le halagan. La madurez en cambio, se demuestra con ese signo de responsabilidad que representa el afrontar aquello que nos ocurre, incluido las emociones y sentimientos que surgen en nuestro interior. Parece como si dar importancia a estas cosas que sentimos y pensamos fuera menos importante que centrarse en estudiar, buscar trabajo o tener éxito y dinero. Sin embargo nuestras emociones tienen una función evolutiva que consiste en señalarnos, como de una alarma, mensaje o llamada fuera, aquello que tal vez necesitemos (precisamente para alcanzar eso que deseamos, ¿formación, trabajo, éxito, amor…?). El primer paso para responsabilizarnos de nosotros mismos, nuestro bienestar y nuestro futuro es preguntarse qué estoy sintiendo. ¿Sabrías poner adjetivos a lo que sientes ahora mismo, más allá de un escueto, “me siento bien” o “me siento mal”?

 

  1. La madurez (la madurez emocional) consiste en responsabilizarnos de nuestro propio bienestar y NO se demuestra por el buen desempeño laboral, ni por el éxito laboral, económico o social que obtengamos.

 

Dado el primer paso de aventurarnos a descubrir (y esforzarnos por hacerlo) qué es lo que sentimos, toca ahora esforzarnos por descubrir qué es lo que pensamos, lo que nos decimos a nosotros mismos, qué clase de diálogo mantenemos en nuestra mente. Cuando empezamos a comprender el poder que el pensamiento tiene para generar emociones empezamos a comprender el valor de pensar con auténtica madurez y bien entendida racionalidad. La madurez se entiende como la responsabilidad que todos tenemos de nuestro propio bienestar y por tanto, nuestra responsabilidad está en el curso de nuestros pensamientos: tal vez Ghandi tenía razón cuando afirmaba que el cambio empieza por uno mismo. Seguramente no podemos cambiar el mundo, no podemos cambiar la lluvia por el sol, ni las guerras, ni la actitud dañina de los demás. Lo que sí está en nuestras manos es aquello que nos decimos, aquello en lo que decidimos pensar, aquello a lo que escogemos prestar atención y, aunque parezca contradictorio, en nuestras manos está incluso el significado de las cosas mismas. La lluvia, la guerra, las actitudes dañinas… significan cosas distintas en personas distintas. El significado de los que nos ocurre y del mundo en sí mismo, es un significado construido por nuestros propios aprendizajes. Responsabilicémonos.

 

  1. Es el esfuerzo en pensar (con madurez emocional y bien entendida racionalidad) lo que nos hará dueño de nuestras emociones.

 

Una vez adquirido el compromiso con nuestra responsabilidad: ¿en qué y cómo pensar? La investigación psicológica ha demostrado que existe una forma de pensar que genera mayores niveles de salud y libertad, entendida ésta última como la capacidad que todos tenemos para generar nuestro propio bienestar. Así la bien entendida racionalidad no consiste en razonar todo lo que hacemos o decimos, ni en negar y rechazar las emociones negativas, sino en todo lo contrario… Me explico. Y para hacerlo voy a recurrir a uno de los grandes investigadores y terapeutas de la psicología cognitiva: el profesor Aaron T. Beck. Un pensamiento inmaduro sería: “soy un miedoso”. En cambio, un pensamiento maduro y racional sería: “soy medianamente miedoso, bastante generoso y ciertamente inteligente”, por ejemplo. Este ejemplo muestra que la ecuanimidad es una virtud realmente poderosa. Cuando encontramos lo que sentimos y descubrimos el pensamiento que lo ha generado, es nuestra responsabilidad cuestionarnos si el pensamiento es realmente maduro y razonable. ¿Me estoy hablando de forma absolutista o relativa? ¿Variable o invariable? ¿Juzgándome o comprendiéndome? ¿Condenándome o salvándome? No es lo mismo descubrirnos a nosotros mismos diciéndonos “soy un despreciable cobarde, siempre lo fui y lo seré, siento miedo porque así es mi carácter y nada puedo hacer…” a esforzarnos por comprender que es posible que, dado el caso, sea más miedoso que otros (pero no despreciable por eso); no siempre soy miedoso, sino que mis miedos varían de una situación a otra, evitaré algunas de esas situaciones y tendré algunos miedos, pero no por eso mi carácter es intrínsecamente extraño o maligno y sí puedo hacer algo: aprender a afrontar la situaciones de otras maneras y afrontar mis miedos.

 

  1. Las emociones y los pensamientos que no deseamos no podemos apagarlos como si tuviéramos un interruptor interno, sin embargo, aceptándolos y acompañándolos, SÍ podemos cambiarlos. Paradójico…

 

Cuando más intentamos a toda costa evitar el dolor emocional… este se vuelve contra nosotros. Es la paradoja de la atención. Como decía un gran maestro: “allí donde pongo la atención, pongo la emoción”. Un buen ejercicio personal que aquí se propone es preguntarse qué haces tú cuando sientes cosas desagradables. ¿Estás cansado de despertarte y no querer levantarte de la cama? ¿No soportas cómo te habla tu jefe? ¿Sientes una dolorosa soledad por no contar con una pareja sentimental? ¿Odias no estar delgado o delgada? ¿Piensas que el mundo y la vida no tiene sentido? ¿Que es peligrosa o dañina? A veces nos encadenamos en dichos pensamientos, como si profundizando en ellos algo fuera a cambiar. Pero si hemos hecho el esfuerzo de describir con palabras lo que sentimos (¿apatía, rabia, soledad, odio, desesperanza?), el esfuerzo de describir con frases el diálogo interno que ha generado dichos sentimientos y el esfuerzo de buscar un pensamiento más razonable y ecuánime (y sabio), ya estamos en el camino de construir nuestro propio bienestar. Sin embargo, no pensemos que haciendo estos actos de responsabilidad, aquello que no queremos sentir o pensar, desaparecerán en el primer intento. Nuestro cerebro cuenta con un esquema de pensamiento construido cuando éramos pequeños, cuando pasamos por la adolescencia y en la juventud. Una estructura mental que en su día fue muy útil, pero que si por cualquier circunstancia ahora nos genera un malestar a largo plazo… podemos cambiar. Sin embargo, esa estructura va a buscar perpetuarse. Si encontramos un pensamiento más razonable y ecuánime a aquel que nos produce de forma más o menos constante apatía, rabia, soledad u odio, es nuestra responsabilidad aceptarlo y acompañarlo, por paradójico que parezca. Aceptarlo significa que por mucho que nuestra mente se vea bombardeada por esos indeseables pensamientos y sentimientos, no debemos alarmarnos. Sí, están ahí, castigándonos, a veces haciéndonos sentir atrapados, sin capacidad. Pero al rechazarlos y temerlos, como si de una gran amenaza fuera, ponemos nuestra atención en ellos. Es más, al rechazarlos y temerlos, declaramos a nuestra atención el modo de vigilancia: atenta a cuando aparezcan, esperando su llegada para atacarlos, como un francotirador ante el enemigo. ¿Qué conseguimos? Que vuelvan a aparecer, que vengan para quedarse. Les damos valor. Y cada vez que vuelven, reafirmamos nuestro esquema: “ves, son peligrosos, ya te dije que volverían esos dichosos pensamientos y emociones”. Pero recuerda, tú eres una persona válida, única e importante, y dichos bombardeos son parte de ti en estos momentos. No te resistas: acompáñalos. Ya te hemos dado las calves: acompañarlos significa re-pensarlos. ¿Son estos pensamientos absolutistas, moralistas, condenatorios? Tal vez no se ajusten bien a la realidad, busca el pensamiento que sea más razonable, saludable y ecuánime.

 

Ahora toca entrenar, porque el esquema de nuestro pensamiento sí se puede entrenar. No abandones, convierte la responsabilidad de tu propio bienestar en un hábito. No busques apagar el interruptor de las emociones desagradables, producirás un cortocircuito. No te culpes, ese bombardeo de pensamientos y sentimientos desagradables ira reduciéndose. Ejerce tu responsabilidad con humildad.

Hace unas décadas se ha realizado uno de los mayores descubrimientos para la humanidad: la plasticidad cerebral. Igual que el esquema cognitivo que genera malestar a largo plazo se construyó en la infancia, adolescencia y juventud, hoy sabemos que puede ser cambiado. Sí, a cualquier edad. Al reaprendernos y reaprender la vida, dentro, muy dentro de nosotros, crecen nuevas conexiones entre neuronas. Con cada gesto de responsabilidad, nuestro cerebro cambia. Un día te sorprenderás libre, dueño de tus emociones, sintiendo dolor, pena, rabia, pero sin encadenamientos. Libre para cambiar. Libre para decidir.

El poder de los pensamientos (Parte 2)

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Un día cualquiera, en una oficina cualquiera… La secretaria del Director llama a Juan y le dice: “El Señor Fernández quiere verte en su despacho mañana a las 9”, “¿Por qué? ¿Te ha dicho por qué quiere verme?” le pregunta Juan. “No, no ha dicho el motivo, sólo que mañana a las 9 estés en su despacho, no te retrases”. La secretaria tiene esta misma conversación después con Pedro, sólo que en lugar de citarle a las 9, le cita a las 10.

A partir de aquí Juan empieza a pensar: “¿Por qué querrá verme? Si ya decía yo que estos días le veía con mala cara, incluso nos cruzamos en el pasillo y no me saludó. Ya está, se oían rumores de despido y me ha tocado, es normal sólo llevo en la empresa un año, soy de los más nuevos, así que seguro que me toca a mí. Qué lástima, cuando se lo cuente esta tarde a mi mujer, ¿qué vamos a hacer ahora? Qué mala suerte, con lo difícil que está ahora el tema para encontrar trabajo”.

Y Pedro por su parte: “¿Por qué querrá verme? Es verdad que estos días le he visto con mala cara, incluso nos cruzamos en el pasillo y no me saludó. Debe de estar muy ocupado, a lo mejor están pendientes de que salga un nuevo proyecto como en alguna ocasión nos ha comentado. Estaría muy bien que me eligieran para dirigirlo. Bueno, mañana veremos lo que pasa y me explicará por qué motivo quiere verme”.

Esta situación es perfectamente posible, es más, seguramente casi todos nos hemos visto en una situación parecida a esta (con un jefe, un profesor, un amigo, un familiar, etc.) y habremos pensado cosas como las de Juan y Pedro o diferentes. Lo que parece claro es que uno de ellos se sentirá probablemente nervioso, incluso con ansiedad, dolor de estómago, sudoración, no podrá dormir esa noche… Y el otro, es posible que se sienta un poco nervioso, pero nada más.

¿Por qué, si es la misma situación, cada uno se siente de forma totalmente diferente? Lo que diferencia a estas dos personas es su manera de pensar, de interpretar la misma situación. Gracias a sus pensamientos uno se encuentra con un malestar bastante importante y el otro se queda prácticamente igual que estaba antes de que su jefe le llamara al despacho.

Esta situación es un ejemplo muy simple (hay situaciones mucho más dolorosas y complicadas en la vida) pero forma parte de nuestro día a día. Piensa en cuantas ocasiones has elegido la peor opción (incluso aunque fuera la menos probable), la más negativa, la más catastrófica (“Esto va a ser el final! De esta no saldré nunca!). Y acuérdate de cómo te sentiste ante esas situaciones y con esos pensamientos. Si tu forma de pensar hubiera sido menos catastrofista… ¿Te habrías sentido mejor?

Es cierto que también es probable que finalmente la reunión con el jefe fuera para despedir a Juan y a Pedro. Pero, ¿le sirvió a Pedro para evitar el despido sentirse ansioso y no haber dormido? Seguramente no.

Está en nuestras manos decidir cómo interpretamos las situaciones y cómo pensamos, así que está en nuestras manos decidir cómo nos sentimos. Es hora de tomar las riendas y dejar de buscar culpables de nuestro malestar en las situaciones, las circunstancias, los otros, el mal tiempo, etc.

¡EMPIEZA A PENSAR BIEN PARA SENTIRTE BIEN!

EMOCIÓN Y PENSAMIENTO, SUS 7 SECRETOS MEJOR GUARDADOS

 

Las emociones y los pensamientos forman parte de nuestras vidas tanto como el beber y el dormir, están presentes en nuestra cotidianeidad, como lo están el sol por el día y la luna por la noche. Sin embargo a veces se nos tornan bien intrigantes y misteriosos. Dos compañeros de viaje que nos acompañan de forma constante. Unas veces nos hacen regalos agradables: sosiego, amor, alegría… Otras veces, por el contrario, nos acompañan sin nuestro permiso, llamando insistentemente a nuestra puerta con mensajes desagradables: “¡cuidado, no vayas a lamentar lo que haces o dejas de hacer!”, “¿y si coges una enfermedad por hacer eso o lo otro?”, “¡pero cómo eres así, no ves que así no vales!”. Desde hace siglos se viene cuestionando qué relación tienen entre ellos estos dos compañeros inseparables: el pensamiento por un lado, y la emoción por el otro. ¿Por qué siento tristeza o alegría, por qué odio o atracción? ¿Es acaso cierto que se pueden dominar las pasiones? ¿Si al pensar en cosas agradables siento también cosas agradables, puedo simplemente cambiar mis emociones con el pensamiento? Estas y otras muchas preguntas han estado presentes desde que existen registros escritos (y seguramente desde hace mucho tiempo atrás).

 

Tras años de estudios y acumulación de multitud de conocimientos, os presentamos los secretos de las emociones y pensamientos que nunca (o casi nunca) nos enseñaron cuando éramos pequeños o pequeñas:

 

  1. Las emociones NO están determinadas por lo que nos ocurre, sino por cómo pensamos: es el pensamiento el que mayormente determina lo que sentimos.

 

Es curioso cómo de común son expresiones del tipo: “me molesta la actitud de esta persona, no la soporto” o “odio los días lluviosos, me ponen triste” o, por ejemplo, “¡que bien que ha llegado el fin de semana!” . Multitud de cosas que nos ocurren nos son molestas, nos irritan, nos enfadan… o nos alegran. Pues bien, como ya decían los antiguos, allá por el siglo primero de nuestra historia: “no pretendas que las cosas ocurran como tú quieres, desea, más bien, que se produzcan tal y como se producen y serás feliz” (Epicteto de Frigia). Epicteto nos quería decir que depende de lo que esperemos (pensemos) del mundo, así nos sentiremos. Los atascos, se dan. Los días lluviosos, existen. Las actitudes que nos molestan de los demás, ahí están. Empecemos por darnos cuenta de que no todas las cosas son como nos gustarían que fueran y que deseemos que algo sea distinto a cómo en realidad es, no es motivo necesario para desesperarse y sufrir.

Que es el pensamiento el que mayormente determina lo que sentimos es un conocimiento que, si bien para la mujer y para el hombre occidental parece contradictorio, pues desde la infancia nos suelen enseñar que la felicidad se alcanza consiguiendo nuestras metas, en el lejano oriente es algo que se viene aceptando y practicando desde mucho antes que apareciera la sociedad industrializada. Las filosofías antiguas tuvieron desarrollos distintos en distintos lugares. Desde Grecia fue extendiéndose por Europa la idea de que la mente humana es capaz de conocer las partes que conforman la realidad y, por tanto, modificar ésta a imagen y semejanza de sus necesidades para alcanzar la felicidad. Por el contrario, en oriente la filosofía tomó otro camino: para alcanzar la felicidad, el conocimiento de la mente humana puede llevar a la supresión del sufrimiento. Una filosofía se dirigió hacia el exterior de la mente, la otra hacia el interior. Hoy tenemos muchos ejemplos de cómo estas dos filosofías buscan un reencuentro. Y es la propia psicología cognitiva, validada empíricamente en multitud de investigaciones científicas, la primera revolución a este respecto. En occidente, hoy nos estamos dando cuenta de que es el poder del pensamiento, de aquello que interpretamos de la realidad, lo que determina nuestros sentimientos y emociones.

 

  1. Las emociones que generan malestar NO son, en sí mismas, negativas ni desechables. Todas las emociones son válidas e importantes.

 

Damos a las emociones el significado de bueno o malo con bastante facilidad. Malo es estar triste, bueno es estar alegre. Mala es la ira, buena la paz. Buena es la pasión, malo el aburrimiento. Entonces, ¿de qué sirven las emociones que generan malestar? ¿Quién las puso ahí, para qué, por qué simplemente no se inventaron? Pero en realidad (así lo muestran muchos estudios) se inventaron para ayudarnos. Son compañeras de viaje que a veces molestan, pero si no estuvieran… ya os podéis imaginar qué sería de nosotros. No tendríamos miedo a hacernos daño físico, no sentiríamos asco por la comida podrida, tampoco vendría nadie a consolarnos si no nos viera triste, ni nos defenderíamos de nadie sin la ira, es cuestión de balanza. ¿No será eso, el exceso, el que es negativo y desechable?: exceso de tristeza, de ira, de aburrimiento… Hoy conocemos la importancia de las emociones para la adaptación de las personas al medio en el que viven. La psicología moderna está abriendo un campo de investigación novedoso, la psicología positiva. El cambio es radical: estudiar las fortalezas en vez de estudiar lo que nos hace sufrir. Estudiar las características de las personas que alcanzan salud, salud emocional, en vez de estudiar las características de las personas que mantienen un sufrimiento prolongado debido a una salud emocional desmejorada. Lo que se desprende de estos estudios es que es nuestra relación con las emociones negativas, aquellas que producen malestar, lo que determina la salud. Aquel que interpreta las emociones desagradables como una señal para el cambio, en contraposición a aquel que las interpreta como una señal de alarma, aquel que no evita sino que afronta las emociones desagradables, tiene más probabilidades de alcanzar un bienestar equilibrado, sin exceso de emociones dañinas, sin exceso de emociones placenteras.

 

  1. SÍ somos capaces de cambiar nuestro estado emocional (si sabemos cómo…)

 

Cuando vivimos un exceso de odio, de miedo, de ira, de aburrimiento, de tristeza…, a veces nos sentimos atrapados, incapaces de cambiar “el chip”. Uno de los principales obstáculos para cambiar nuestras emociones es, precisamente, creer que no se pueden controlar, que las emociones no dependen de nosotros en absoluto. Tal y como decía Albert Ellis, la idea de que la desgracia humana se origina por causas externas y la gente tiene muy poca capacidad o ninguna de controlar sus perturbaciones es una idea, en sí misma, irracional. El hecho de que una cantidad de personas lo crean verdadero, no lo hace verdadero. Así, aquello que duele de lo que ocurre fuera es, en esencia, un dolor que se origina dentro de uno mismo. El dolor no está ahí fuera. Cuando nos damos cuenta de que el dolor se origina al pensar que lo de fuera no debería ser de tal forma o es más peligroso de lo que en realidad es, empezamos a comprender la irracionalidad de dicha idea. Otras veces ocurre que hemos intentado mil maneras de evitar ese sufrimiento, ese desbordamiento de emociones negativas, sin éxito, llegando a la conclusión de que nada podemos hacer. Cuando no conocemos los secretos de las emociones y pensamientos (ni hemos practicado las habilidades que nos desvelan), no conocemos cómo afrontar las emociones y los pensamientos desagradables. Y cuando no conseguimos desembarazarnos de ellos, aumentamos la creencia en que no somos capaces. Cada intento frustrado, alimenta la idea de que nada podemos hacer. Esto puede pasar porque, como se ha contado al principio, hay secretos de las emociones y los pensamientos que nunca (o casi nunca) nos han contado. Ya hemos desvelado tres de esos secretos: 1) es el pensamiento el que determina mayormente lo que sentimos (y no al revés); 2) no hay emociones malas ni tampoco emociones buenas, sino agradables o desagradables y todas son válidas e importantes y; 3) sí somos capaces de manejar nuestro estado emocional y evitar encadenarnos a emociones, pensamientos y sentimientos desagradables.

 

Te proponemos mantener la atención al resto de secretos que te ayudarán a conocer cómo puedes hacerte un poco más dueño de tus emociones. En la próxima entrada desvelaremos los restantes 4 secretos… ¡Te esperamos!

Cómo cambiar de hábitos

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de hábitos, sobre todo los malos hábitos? A veces pensamos que hay cosas en esta vida que mejor no existieran. Sin embargo, muchas de esas malas cosas tienen una doble cara, que al mirarla, muestra los beneficios de eso que hemos etiquetado como malo. Por ejemplo, sin los hábitos viviríamos una vida de esfuerzo incesante para tomar toda clase de decisiones. Es por eso que desear que ciertas cosas no existieran puede tener sus consecuencias, así que cuidado con lo que deseas, no se vaya a hacer realidad (advirtió ya algún sabio). Sin nuestros hábitos, tanto los malos como los buenos, nuestra mente se tornaría agobiante, llena de preocupaciones, aplastantemente pesada. Si tomar o no esa dirección, si subir andando o en ascensor, si encender el ordenador ahora o un poco más tarde, si saludar al vecino o ignorarle, si comer o beber esto o si aquello tiene mejores o peores propiedades alimenticias… Sólo de pensarlo, ¡agota!

 

Es por esto que los hábitos que deseamos cambiar cuesta cambiarlos. Me explico. Para nuestro cerebro es más fácil tomar muchas decisiones de forma automática que gastar esfuerzos en sopesar todas y cada una de las alternativas. La evolución ha sido muy práctica y nos ha liberado de una gran cantidad de tareas que ocuparía un tiempo ilimitado. Los hábitos nos ayudan a tomar estas decisiones cotidianas. Así, gracias a ellos, gracias a los dichosos hábitos, somos libres para pensar en cosas más importantes: qué carrera estudiar, cómo hacer feliz a nuestros seres queridos, cómo resolver el problema de llegar a fin de mes… La paradoja está en que los hábitos se forman de manera casi imperceptible. Cuando nuestro cerebro decide que esta u otra decisión no merece nuestra atención, la convierte en hábito. Y claro, esto pasa tanto al aprender a conducir como al acostumbrarnos a comer con un refresco en vez de con agua, por ejemplo. Como son decisiones cotidianas que se han aprendido, nuestro cerebro se resiste a cambiarlas, son útiles para él, aunque a largo plazo, puede que no para nosotras o nosotros.

 

Derivado de años de estudio de la psicología, presentamos aquí los 5 mejores consejos para cambiar los (malos) hábitos:

 

  1. Toma conciencia de tus hábitos: un grupo de estudios recientes muestran cómo los hábitos si bien surgen en la parte emocional y no consciente de nuestro cerebro (el núcleo estriado y el mesencéfalo), son controlados, observados o vigilados por la parte racional y consciente (la corteza prefrontal).

 

  1. Respira profundo y relájate: una vez tomada conciencia del hábito, observarás que surge un fuerte nerviosismo cuando nos resistimos a él. Subo andando en vez de en el ascensor, esta vez beberé agua, este cigarrillo no me lo fumo. Y ahí está la agitación interior que se resiste al cambio. Pues bien respira profundo y espera. ¡Nada dura para siempre!

 

  1. Haz por cambiar las consecuencias inmediatas de tus hábitos: si quieres generar nuevos hábitos, prémiate cuando ejercites las primeras decisiones. ¿Acaso no eres merecedor de tu propio orgullo por llevar a cabo aquello que has decidido llevar a cabo? Si quieres eliminar viejos hábitos, elimina placeres que éstos te puedan proporcionar cuando los ejercites. Por ejemplo, no te tumbes en el sofá nada más llegar a casa… habiendo subido en el ascensor. Recuerda: aprendemos los comportamientos cuando tras ellos viene una consecuencia placentera (y a la inversa).

 

  1. Piensa agradable, piensa útil, piensa con acierto: muchas veces no nos damos cuenta, pero lo que pensamos influye fuertemente en lo que hacemos y sentimos. Pensar agradable es pensar aquello que nos hace sentir bien. ¿Te has visto insultándote a ti mismo alguna vez por mantener un mal hábito? Cuídate, castigarte no te ayudará demasiado… Pensar útil es pensar sólo aquello que nos sirve para algo. ¿De qué sirve pensar en el deseo de cambiar un hábito cuando no está pasando en ese momento? Tal vez deberíamos empezar a ocuparnos en vez de tanto preocuparnos… Pensar con acierto es pensar como un científico. ¿De verdad siempre fuiste así? ¿De verdad nunca conseguirás aquello? Ni somos adivinos ni tenemos todos los datos para afirmar cosas como siempre o nunca.

 

  1. Háblate, no subestimes el poder de la palabra: ya lo dijo otro gran sabio, “un pensamiento lleva a una acción, una acción a un hábito, un hábito a un carácter y un carácter a un destino”. Sin ponernos tan filosóficos, ha quedado demostrado en multitud de estudios científicos que hablarnos positivamente a nosotros mismos y decirnos cómo debemos hacerlo a la hora de llevar a cabo tareas, mejora el rendimiento en las mismas. ¡No lo subestimes!

 

El poder de los pensamientos

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Imagínate que has quedado para cenar con un amigo. Tenéis reserva en el restaurante a las 21 y queda en pasar a recogerte a las 20.30 para que os de tiempo a llegar al sitio y aparcar con tranquilidad.

Son las 20.45 y tu amigo aún no ha llegado… ¿qué piensas en ese momento? ¿Qué sentimientos tienes?

Son las 21 y sigue sin llegar, tampoco ha avisado, le llamas al móvil y está apagado…vais a llegar tarde a la cena, seguramente perderéis la reserva…. ¿qué piensas ahora? ¿Qué sientes?

Son las 21.30 y ninguna noticia de tu amigo… ¿qué pensamientos y emociones tienes ahora?

Por fin a las 21.40 aparece tu amigo, lleno de barro y calado de agua porque está lloviendo. El coche se ha estropeado en mitad de la autopista, ha tenido que avisar a la grúa y se ha quedado sin batería en el móvil. Está muy nervioso por lo que ha pasado y siente haberte hecho esperar. Decidís pedir comida y os quedáis cenando en casa.

Finalmente… ¿qué piensas y sientes ahora? De haber sabido esto, tus sentimientos a las 21.30 ¿habrían sido los mismos?

Es curioso que aunque la historia es la misma cada persona responde de una manera diferente. Hay quien piensa que su amigo se ha olvidado de la cita y se siente triste. Otras personas piensan que es intolerable la tardanza, siempre ocurre lo mismo y se sienten ansiosas y enfadadas.

Entonces aunque la situación es la misma, ¿por qué cada uno piensa y siente una cosa diferente?

No son las situaciones lo que hace que las personas se sientan tristes, nerviosas, preocupadas, etc., sino la interpretación que cada uno hacemos de esa situación. Por supuesto que en la vida hay situaciones mucho más complicadas que la anterior (una enfermedad, el fallecimiento de un familiar, una ruptura sentimental, etc.) pero de nuevo podríamos ver como en cada una de estas situaciones diferentes personas tendrían pensamientos y emociones diferentes.

En próximos post seguiremos hablando de esta conexión pensamiento-emoción. Mientras tanto… párate a analizar lo que pasa por tu cabeza cuando un amigo llega tarde a una cita