Flexibilidad cognitiva (II); o por qué cuesta cambiar de opinión

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Flexibilidad cognitiva (II);

o por qué cuesta cambiar de opinión

Hoy vamos a recordar uno de nuestros antiguos post (Flexibilidad cognitiva I). Continuaremos profundizando en este fenómeno psicológico que es la formación de opiniones y creencias. Os ofrecemos las claves de por qué suele costar tanto cambiar de opinión. ¿Preparada? ¿Preparado?

Cuando cambiar de opinión es algo desconocido

Para entender mejor por qué cuesta cambiar de opinión, lo primero que puedes hacer es observarte a ti mismo. Para unos segundos. Respira hondo. Y pregúntate: ¿cuando he mantenido una opinión a pesar de que en mi fuero interno sabía que no era cierta? Seguramente haya sido en momentos de discusión, en grupo o con otra persona. A veces incluso discutiendo contigo misma o contigo mismo.

Es mucho más fácil encontrar ejemplos cuando lo buscamos en otras personas. Veamos el caso de los políticos. Les vemos defendiendo sus ideas a capa y espada en los medios de comunicación, pero pocas veces admitiendo que se han equivocado. Mucho menos que han cambiado de opinión.

En psicólogosmyp no queremos ponértelo tan fácil. Piensa en ti misma o en ti mismo. ¿Te has dado cuenta alguna vez de haber cambiado de opinión demasiado tarde, o incluso de no haberlo admitido nunca en público? ¿Tal vez te has dado cuenta de que debías haber cambiado de opinión cuando ya era tarde para mantener aquella amistad, evitar esa discusión o herir a aquella persona? ¿Que había “señales” claras de que estabas equivocado pero a pesar de ello mantuviste tu opinión? Cuando cambiar de opinión es algo desconocido para alguien… ¿qué adjetivo usamos para describirle? Cuando a ti, lector o lectora, te cuesta cambiar de opinión a pesar de reconocer que ya no tienes razón, ¿cómo te sientes?

 

¿Por qué cuesta tanto cambiar de opinión?

Existen varios factores que influyen en las resistencias que todos tenemos a cambiar de opinión. Esperamos que encontréis vuestras propias explicaciones:

  • Vergüenza: esta emoción tiene una utilidad clara. Crear la imagen pública que deseamos. Cambiar de opinión en público es vergonzoso en parte porque nos han enseñado que somos nuestras opiniones y que somos algo estático. Sin embargo el pensamiento es sólo una parte de nuestra existencia y nuestra existencia es siempre, por definición, cambiante.
  • Aprendizaje por imitación: ya lo decía Nelson Mandela, el mejor ejemplo que puedes dar es a través de tu propio comportamiento. Y es que aprendemos por lo que hacen las personas que admiramos. Desde que somos niños. Así formamos nuestras opiniones, independientemente de si tiene o no tiene razón aquella persona a la que imitamos o si sus razones han dejado de ser válidas. Cambiar sería tomar conciencia de que nuestros referentes tal vez estén equivocados.
  • Creernos menos inteligentes: en las sociedades de mercado y tecnológicas la opinión está sobrevalorada. Si una vez opinaste algo y ahora opinas lo contrario significa que antes estabas equivocado y que puedes volver a equivocarte, y eso demuestra tu déficit de “inteligencia”. Sin embargo la auténtica inteligencia está en basar nuestras opiniones en hechos y en reconocer que no podemos tener acceso a todos los hechos sobre un mismo fenómeno. Es decir, inteligencia es reconocer que existen límites a aquello que podemos conocer. Es tener la humildad para aceptar que es imposible conocer la verdad última de las realidades que experimentamos.
  • Creer que nuestras creencias se han formado con mucho tiempo y con muchos datos: es habitual escucharnos hablando de algo como si lo conociéramos desde hace siglos. “Siempre lo he visto”. “Nunca pasa eso”. “Nada de esto cambia”. El cerebro humano es una herramienta muy útil, pero tanto que a veces se pasa… Es decir, para nuestro “sistema operativo” es más útil ver un suceso repetido algunas veces y opinar que se repite siempre. También es más eficiente recordarlo así, como algo estable y antiguo, aunque en realidad no lo sea. Si bien ayuda a no plantearnos la vida de forma constante, es un sesgo cognitivo que nos puede llevar a cometer errores. Y tampoco ayuda a cambiar de opinión.
  • Interpretamos según nos conviene: sí, eso me temo. Pensamos la vida según nuestros intereses. Si algo no encaja en nuestras creencias, lo cambiamos. Siendo precisos: nos fijamos sólo en aquellos sucesos que nos dan la razón. Por ejemplo, si creo que los huesos duelen cuando cambia el tiempo (algo que ha sido negado científicamente), me fijaré en el dolor cuando cambia el tiempo. Pero no recordaré todas las demás veces que sí dolió, y mucho menos recordaré las numerosas veces que dolieron cuando la presión, humedad y temperatura ambiental eran estables.

 

Si quieres profundizar más en el mundo de las opiniones, los pensamientos y en cómo utilizarlos para crear salud, no lo dudes: consúltanos aquí, acude a alguno de nuestros talleres o sigue este hilo. Pronto os contaremos el final deseado en nuestro siguiente post: cómo cambiar de opinión. ¡No te lo pierdas!

2 thoughts on “Flexibilidad cognitiva (II); o por qué cuesta cambiar de opinión

    1. Hola Isabel Julia.
      Estaremos encantados de que vengas a una primera sesion gratuita en nuestra consulta de Madrid. Responderemos a tus dudas y te ofreceremos un plan de trabajo para que aprendas eso de poner limites, pero sintiéndote bien contigo misma.
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